viernes 31 de diciembre de 2010

Algo inesperado

No tenía pensado escribir nada nuevo en el blog hasta 2011. Nada. Todo macerándose, con su ritmo. Pero a veces la vida te sacude, te zarandea el estómago, y es imposible quedarse callada y quieta. Esta entrada habla de la muerte. Y no de la muerte de un año que se despide, ni de la muerte del buen gusto, ni de la muerte figurada de cualquier estupidez que se os ocurra. No. Esta entrada habla de la muerte de una tía estupenda a los 27 años de edad. Veintisiete años. Esta entrada trata de la muerte de una amiga. De alguien cuyas fotos siempre me hacían sentir bien, porque transmitía buen rollo desde ellas. Esta entrada habla de la muerte de una chica de 27 años luminosa, limpia y feliz. Me gustaría ofreceros un escrito positivo,  para terminar 2010 sonriendo, pero no voy a poder. Necesito este paréntesis para almacenar la tristeza y salir de mi asombro. Necesito llegar a 2011 sonriendo como homenaje a las luces que se apagan, y lo haré, pero primero tengo que escribir esto.


Cuando cierre el paréntesis, volveré solamente a utilizarlo de vez en cuando, probablemente sin avisar, pero no puedo evitar estar acorchada unos días.

La muerte es uno de los sitios donde coinciden más lugares comunes. Cuánto lo siento, no me lo puedo creer, qué poca cosa somos... Pero mi lugar común favorito hoy es cuán absurda es la muerte. Pero tonta, de verdad. Te deja con esa sensación de "no, no me jodas, venga ya". Te deja ese agujero en el más allá del estómago y el corazón, donde el alma se hace sentir con un punzón.

Y cuando alguien se muere, los lugares comunes del halago también están. Ya sabéis, todos los que están en los cementerios eran buenísimos. Pero hay quien va por la vida de puntillas y mi amiga pasó bailando. Preguntadle a cualquiera que la haya conocido. Hay quien da sorbitos de vida una vez a la semana y ella se comía todos los días a base de mordiscos. Celebraba los lunes porque eran lunes, como dijo una vez. Es fácil decir de alguien que era especial cuando ya hablas en pasado de él, pero os puedo asegurar que la alfombra roja que mi amiga llevaba a sus pies se la merecía, porque se la ponía ella sola con su actitud.

Enterarte de la muerte de alguien trae una cascada de preguntas que recorres de abajo a arriba y al revés. El por qué es el único que se deja, quizá, de lado, porque no es necesario. El cómo, el cuándo. El por qué golpea el tambor sobre tu cabeza y te recuerda que no te lo crees, que no es justo, pero que es así. Si más. Sin explicación. ¿Hay muertes justas? No. Las hay más o menos comprensibles. Cuando mi abuelo murió, por ejemplo, todos pudimos despedirnos de él, teníamos tiempo. Sabíamos que ocurriría pronto porque estaba enfermo. Tenía muchos años -no sé cuántos, no me avergüenza reconocer que no sé cuántos años tienen mis abuelos porque para mí son mis abuelos, nada menos- y había vivido, había paseado por su vida con calma, a su modo, con las manos a la espalda, pero había tenido tiempo de subirse a los árboles, de tirarse de cabeza en el río, de comer a dos carrillos, de saltar, de sentarse en un banco fatigado, de echarse una siesta bajo los árboles y, finalmente, salir de ese camino.

Alguien con 27 años todavía está subido a un árbol. Mi amiga todavía estaba, sigue ahí, balanceándose entre las ramas con sus uñas rosa chicle y sus labios pintados igual. Con sus vestidos, su pelo largo y su inconfundible carcajada.
Alguien con 27 años no tiene sentido que se muera. No viene a cuento, no es normal. Hace que te falte algo, que no encaje bien el mundo.

Deseas que esta vez la cachonda de tu amiga se haya pasado con la broma. Pero lo deseas igual que, de pequeño, deseabas que el colegio desapareciera bajo la niebla. Para una vez que había niebla en Alcorcón, ni siquiera es mágica. Pues vaya porquería de niebla. Pues vaya porquería de muerte. Pues qué asco. Sabías que el colegio no iba a desaparecer, aunque lo deseabas. Sabes que tu amiga no va a aparecer de nuevo, que no va a mandar un mensaje como el último, diciendo a todo el mundo "eh, que voy a Madrid a celebrar mi cumpleaños, estáis todos invitados". Sabes que no podrás volver a responderla diciendo que menuda putada, pero que tú ese fin de semana no estás, que te vas de viaje. Sabes que no habrá más fiestas con ella, aunque si hubieras celebrado aquella noche su cumpleaños, tampoco hubieras sabido que sería la última vez que la veías. Porque no es justo.

Blurred view of the Arc De Triomphe and Champs Elysee, Paris


El momento en el que te enteras de una muerte trae detrás muchas olas, muchas, que te dejan empapada la razón, pero no las mejillas. No al momento. Cuesta verlo, cuesta pensarlo. Yo me enteré porque su hermana lo contó en su página en una red social. Para que luego digan que no sirven de nada las redes sociales. Sirven para poder decir adiós, para volver a ver sus fotos, para poder rendirle homenaje, desear que le vaya bien donde quiera estar, que cuide y que proteja a los suyos. Qué duro es esto.

Después de una muerte así, tienes la etapa exprimidor: ahora voy a vivir de verdad y quejarme menos, piensas, como un homenaje póstumo a tu amiga. Ahora vas a saber lo que es bueno, vida de los cojones. ¿Ahora? Sí, porque sientes que se lo debes. Que te lo debes. Que la muerte es injusta y que tú no quieres mirarte en ese espejo. Porque por todo lo que ella se va a perder, tú tienes que dedicárselo. Al menos se puede ver ese efecto positivo en una muerte. El consuelo. Cómo. Dónde encontrarlo. Mientras, el dolor te deja sordo a base de silencio, porque el dolor no chilla, eso lo hace la rabia del momento peor oportuno, del sitio equivocado, del cruce injusto.

Mi amiga se llama Vy. Vy no se ha ido, no sigue en París, se ha muerto. Pero sigue en París, pero no se ha ido. Pero la cara de Vy que estoy imaginando ahora no rima con difunto, ni siquiera con dormir, ni con llorar. Vy era luz, glamour, estilo, risas, vino, payasadas y luz otra vez. Vy transmitía una energía que ahora no sabemos dónde está, espero que le diera tiempo a repartirla, porque tenía mucha, se le desbordaba. Vy era una cachonda, juerguista, fiestera, inteligente, disparada, morena, menuda y tenía un acento francés que solamente podía hacerte adorer la France. Vy no tenía que haberse ido de esta fiesta. Porque no se ha muerto, no, porque no le pega. Se habrá puesto a buscar el piso donde se celebraba la juerga y se habrá equivocado al llamar.

(Escribí esto al poco de enterarme y sigo apretando los dientes).

Vy murió el 27 de diciembre a los 27 años de edad de las heridas provocadas el día 26, cuando un carterista que salía corriendo del metro de París la empujó por las escaleras.

Hasta siempre, bonita, luminosa y sonriente Vy. París es mucho menos París desde hace unos días. 
Hasta siempre.

16 comentarios:

DANNY dijo...

Natalia, simplemente alucinante.

Ana López Magallón dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ana López Magallón dijo...

Sin palabras. Sabes? Ella ya no está, pero puede considerarse muy afortunada. Una vez, no sé dónde, leí que "nuestras huellas no se borran de las vidas que tocamos". Ella, por lo que escribes, no sólo dejó huella, sino que la ha dejado marcada a fuego. Y no hay mucha gente que pueda decir eso. Ni mucho menos.
Todos tenemos que irnos, en un momento u otro, pero a veces es demasiado pronto, demasiado. Ojalá cuando me vaya, cuando muera, alguien pueda recordarme como tu la recuerdas y la recordarás toda tu vida.Porque eso es lo más grande.
Y ojalá haya alguna Natalia Sanguino por ahí que me dedique unas palabras la mitad de bonitas.
Te aseguro que allí donde esté, le ha llegado esta montaña de luz que desprende este texto.
Un besazo enorme!

Santi dijo...

Es injusto y no me cansaré de repetirlo. Vy era la alegría en persona; la luz, como bien la defines. Ella nos dejó el regalo de su optimismo y su forma de ver la vida. Esa parte se quedará con nosotros. Siempre la querremos y siempre nos esperará con su sonrisa.

QuietBrown dijo...

Danny, gracias. Se nota que el texto me sale de dentro, ¿eh? Un besote

QuietBrown dijo...

Ana, si hubieras conocido a Vy seguro que te hubiera dejado también huella. Lo prueban la cantidad de mensajes que está dejando todo el mundo en su muro, el shock que ha dejado... Muchas gracias por el cariño que me transmites siempre con tus palabras, ojalá que nos recuerden intensamente, porque mostrará que hemos tenido un sentido, ¿no?
Gracias por tu pedazo de comentario, qué bonito es.
¡Un besazo!

QuietBrown dijo...

Santi, sí, la única definición que se me ocurre para ella es que era luz, que era limpia... Te aseguro que a veces lo pienso y no me hago a la idea, me cuesta imaginar que cuando vayamos a París no podremos enviarle un mensaje para que nos lleve a su sitio favorito.
Un beso enorme

fiorella dijo...

Una pena que a alguien "la vayan" de esa manera...cuesta ubicarse frente a un dolor imcomprensible. Un beso y que el 2011 sea un buen año para vos.

QuietBrown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
QuietBrown dijo...

Fiorella, "la vayan", muy bueno, es verdad. Seguro que 2011 será un pedazo de año, ya trabajaremos para conseguirlo si no, ¿no? Jejejeje, ¡te deseo yo a ti también un año soberbio!

Amparo dijo...

Hola, lo siento muchísimo. Yo hace unos meses perdí a mi cuñada y amiga, y es duro, y muy muy injusto porque no se lo merecía. Dicen que nadie se lo merece, pero si pudiera ya diría yo unos cuantos nombres para que los cambiaran por ella...
En mi caso no se ha ido, simplemente no la veo, porque estar está y como le prometí, le sigo sonriendo a la vida, aunque en muchos momentos sea más falsa que judas.

UN BESAZO.

QuietBrown dijo...

¡Hola Amparo!
Pues sí, hay muertes injustas aunque suene a tópico. A lo que no me atrevo es a dar nombres, por si acaso, jejeje. Lo que es cierto es que hay personas que no se van, que siempre están de alguna manera y que nos siguen enseñando mucho. Yo, por ejemplo, tengo mucha más energía que antes para algo tan simple y tan complicado como vivir =)

¡Un beso grande!

PD: Me ha encantado la sonrisa falsa a la vida, es necesario a veces forzar un poquito, ¿verdad?

ANUSKA dijo...

preciosas palabras, siento tu pérdida.En la vida hay muchas injusticias pero también te da alegrias, espero que las sientas pronto.

Perla N. dijo...

¿Qué decirte, Natalia? Lo siento tantísimo...

Efectivamente, la vida es injusta y muchas veces nos da un bofetón de forma inesperada. Entonces nos da coraje, nos deja helados... pero hasta de esos momentos se pueden sacar cosas bonitas, no hay más que ver lo que has escrito de tu amiga.

Ojalá cuando nos vayamos alguien nos recuerde como tú a ella y deseo, de corazón, que su luz te acompañe siempre.

Un beso enorme.

QuietBrown dijo...

Anuska, ¡gracias!
Parece contradictorio -bueno, lo es- pero la alegría la sentí enseguida, cuando descubrí que hay que agradecer lo que se tiene al minuto y vivirlo como si fuera el último. Fue un pensamiento reconfortante, aunque no alegre del todo, claro, pero me alivió.
Gracias por tu comentario, es agradable ver que siempre estás por ahí =)
¡Besotes!

QuietBrown dijo...

Perla, gracias, porque sé que eres asquerosamente sincera en tu sentir =)
Estoy contigo: los bofetones y los reveses hay que saber encajarlos para ir con más fuerza, con más energía y con más coraje por la vida, porque ésta es un viaje fabuloso, pero con final. Por desgracia hay finales tan tempranos...
Gracias de nuevo. 2011, EL AÑO, ya sabes. Nos vemos en los bares, ¿no? ;-)

 
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